viernes, diciembre 15, 2006

El Animal

"El animal, según Hegel, posee una conciencia inmediata del mundo exterior, un sentimiento de sí, pero no la conciencia de sí mismo, que distingue al hombre. Éste no nace realmente hasta el instante en que cobra conciencia de sí mismo en tanto que sujeto cognoscente. Es, pues, esencialemente, conciencia de sí. La conciencia de sí, para afirmarse, ha de distinguirse de lo que no es ella. El hombre es la criatura que, para afirmar su ser y su diferencia, niega. Lo que distingue la conciencia de sí del mundo natural no es la simple contemplación por la que se identifica con el mundo exterior y se olvida de sí misma, sino el deseo que puede experimentar respecto del mundo. Este deseo la vuelve a sí misma en el tiempo en que le muestra el mundo exterior como diferente. En su deseo, el mundo exterior es lo que ella no tiene, y que es, pero que quiere tener para ser, y para que él ya no sea. La conciencia de sí es, pues, necesariamente, deseo. Pero para ser, es preciso que esté satisfecha; no puede satisfacerse más que por la satisfacción de su deseo. Actúa, pues, para satisfacer y, haciéndolo, niega, suprime aquello con que se satisface. Es negación. Actuar es destruir para hacer nacer la realidad espiritual de la conciencia. Pero destruir un objeto sin conciencia, como la carne, por ejemplo, en el acto de comer, es también lo propio del animal. Consumir no es aún ser consciente. Es preciso que el deseo de la conciencia se dirija a algo que sea distinto de la naturaleza sin conciencia. Lo único en el mundo que se distingue de esta naturaleza es precisamente la conciencia de sí. El deseo tiene que aplicarse, pues, a otro deseo, que la conciencia de sí se satisfaga con otra conciencia de sí. En lenguaje simple, el hombre no es reconocido y no se reconoce como hombre mientras se limita a subsistir animalmente. Tiene que ser reconocido por los otros hombres. Toda conciencia, en su principio, es deseo de ser reconocida y saludada como tal por las otras conciencias. Son los otros los que nos engendran. En sociedad, únicamente, recibimos un valor humano, superior al valor animal.
Siendo el valor supremo para el animal la conservación de la vida, la conciencia debe elevarse por encima de este instinto para recibir el valor humano. Ha de ser capaz de poner en juego su vida. Para ser reconocido por otra conciencia, el hombre tiene que estar dispuesto a arriesgar su vida y aceptar la posibilidad de la muerte. Las relaciones humanas fundamentales son así relaciones de puro prestigio, una lucha perpetua, que se paga con la muerte, para el reconocimiento del uno por el otro.

La historia entera de los hombres no es, en cualquier caso, más que una larga lucha a muerte por la conquista del prestigio universal y del poder absoluto". (*)

(*) Camus, Albert
El hombre rebelde
Alianza Editorial 2005
pp.166-167

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